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La mesa estaba puesta con todo lujo de detalles, cubertería de plata, cristal de bohemia y mantelería de hilo. Sonaba de fondo música clásica y un agradable olor inundaba aquel gran salón. No cabía duda de que los comensales que asistirían esta noche eran de postín.

Los asistentes fueron llegando poco a poco, en coches de lujo, ellos vestían de etiqueta y ellas vestidos muy elegantes de esos que no se ven habitualmente en las tiendas. Mientras iban llegando los invitados se saludaban animadamente y varios camareros ofrecían bebidas con discreta actitud.

A la hora convenida entraron al salón, estaba todo preparado y un agradable aroma venía de las cocinas. En cuanto se sentaron todos, casi de forma automática, una legión de camareros entraron y empezaron a servir la cena.

Pescados, mariscos, carnes de primera y todo en pequeñas porciones con una presentación tan exquisita que daba pena tener que estropearla para comérselas, pero a ellos les daba igual y se iban comiendo con avidez cada una de los manjares que les iban trayendo sin dejar nada. La actitud educada, casi ceremonial, del principio había ido degenerando en otra bien distinta.

Tras los deliciosos postres poco a poco los invitados se fueron marchando pero resultaba sorprendente que ninguno de ellos pagara nada a la salida por todo el festín que se habían dado.

A la hora de pagar pagamos todos, a escote, tú y yo con el dinero de nuestros impuestos, por el bien de un “sistema” que se ha demostrado injusto e inválido. Pero ellos reciben indemnizaciones millonarias (mientras piden por otro lado abaratar el despido) por una gestión desastrosa y de dudosa moralidad que premiaba la avaricia y la codicia. Dicen que esta crisis se parece a la de 1929 pero no veo a los directivos tirándose por las ventanas de sus despachos, porqué será…

El despertador sonó temprano, como siempre, y saltó de la cama con un cierto dolor de garganta. Había estado cantando canciones clásicas italianas la noche anterior y eso hizo mella en él, que era un cantante mas bien mediocre. Puso la radio y fue al cuarto de baño pero no se reconoció cuando se miró en el espejo.

“¿Este soy yo?” se dijo a si mismo. “No puede ser, yo soy una persona de espíritu joven y alegre a la que le sigue gustando tontear con mujeres mas jóvenes…” Y tenía razón, aquel era un hombre bajito y gordo, entrado en años al que se le empezaba a caer el pelo y sus arrugas se hacían cada vez mas evidentes. En la radio el locutor relataba las últimas medidas del Gobierno italiano, meter en las calles de varias ciudades a cerca de 3000 soldados para aumentar la seguridad ante tantos inmigrantes. Los oyentes protestaban ante lo que consideraban era una medida fascista y proponían medidas que pasaban por la integración en la sociedad italiana. El tipo reflejado en espejo bramó: “¡Ya están otra vez esos rojos, con sus tonterías!”. Apagó la radio de un golpe y encendió la televisión, se sintió mas calmado.

Tras acabar de asearse entró en el vestidor y eligió un traje de marca que moldearía su figura, o eso creía él, y se puso unos zapatos con alza que le ayudarían a superar su complejo. Bajó las escaleras que llevaban desde su dormitorio hacia un salón donde repasar la prensa antes de ir a trabajar.

Mientras leía alguien llamó a la puerta y entró una muchacha con un suculento desayuno en una bandeja que dejó junto los periódicos. “Señor Berlusconi su desayuno está listo”. Y salió sin que se diera cuenta.

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