El olor era ya insoportable. Por mucho que se negara a ver lo que sucedía aquel incendio le rodeaba y no se le antojaba ninguna salida sin sufrir graves consecuencias. Aún habiendo tenido señales inequívocas de que poco a poco surgían nuevos focos y de que estos se propagaban no hizo nada, la codicia le hizo quedarse en su puesto y ahora el miedo lo había paralizado.

Estaba rodeado, solo era cuestión de tiempo caer inconsciente por inhalación de humo y de que después las llamas acabara con el.

¿Que sería de los demás? Aquel incendio tenía muchos focos repartidos por todo el país. ¿Habrían corrido todos su misma suerte? Tenía el convenciminento de que muchos habrían podido escapar pero a los demás les esperaba un destino idéntico al suyo. Parte de la trama, de la que el formaba parte, había pasado desapercibida y trataría de reagruparse y proseguir sus actividades. A el ya lo darían por perdido, una baja reemplazable pues allí nadie era imprescindible y muchos otros tratarían de quitarle su puesto. Trató de ponerse en contacto telefónico con alguno de los que creía que podrían haber sobrevivido. No obtuvo ninguna respuesta.

El humo entraba ya por debajo de la puerta de su despacho cuando se levantó y se acercó cuanto pudo a la ventana, el calor de las llamas al otro lado no le permitió asomarse.

Al echar la vista atrás no sintió arrepentimiento alguno de los delitos que le habían llevado a esa situación. Los ojos se le empezaban a irritar y poco a poco, ya en el suelo, se quedó sumido en un plácido sueño con coches de lujo, una agenda llena de contactos y más dinero del que pudo imaginar. Murió poco después. De él solo quedó un puñado de cenizas y un reloj caro.

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