La mesa estaba puesta con todo lujo de detalles, cubertería de plata, cristal de bohemia y mantelería de hilo. Sonaba de fondo música clásica y un agradable olor inundaba aquel gran salón. No cabía duda de que los comensales que asistirían esta noche eran de postín.

Los asistentes fueron llegando poco a poco, en coches de lujo, ellos vestían de etiqueta y ellas vestidos muy elegantes de esos que no se ven habitualmente en las tiendas. Mientras iban llegando los invitados se saludaban animadamente y varios camareros ofrecían bebidas con discreta actitud.

A la hora convenida entraron al salón, estaba todo preparado y un agradable aroma venía de las cocinas. En cuanto se sentaron todos, casi de forma automática, una legión de camareros entraron y empezaron a servir la cena.

Pescados, mariscos, carnes de primera y todo en pequeñas porciones con una presentación tan exquisita que daba pena tener que estropearla para comérselas, pero a ellos les daba igual y se iban comiendo con avidez cada una de los manjares que les iban trayendo sin dejar nada. La actitud educada, casi ceremonial, del principio había ido degenerando en otra bien distinta.

Tras los deliciosos postres poco a poco los invitados se fueron marchando pero resultaba sorprendente que ninguno de ellos pagara nada a la salida por todo el festín que se habían dado.

A la hora de pagar pagamos todos, a escote, tú y yo con el dinero de nuestros impuestos, por el bien de un “sistema” que se ha demostrado injusto e inválido. Pero ellos reciben indemnizaciones millonarias (mientras piden por otro lado abaratar el despido) por una gestión desastrosa y de dudosa moralidad que premiaba la avaricia y la codicia. Dicen que esta crisis se parece a la de 1929 pero no veo a los directivos tirándose por las ventanas de sus despachos, porqué será…

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