El despertador sonó temprano, como siempre, y saltó de la cama con un cierto dolor de garganta. Había estado cantando canciones clásicas italianas la noche anterior y eso hizo mella en él, que era un cantante mas bien mediocre. Puso la radio y fue al cuarto de baño pero no se reconoció cuando se miró en el espejo.

“¿Este soy yo?” se dijo a si mismo. “No puede ser, yo soy una persona de espíritu joven y alegre a la que le sigue gustando tontear con mujeres mas jóvenes…” Y tenía razón, aquel era un hombre bajito y gordo, entrado en años al que se le empezaba a caer el pelo y sus arrugas se hacían cada vez mas evidentes. En la radio el locutor relataba las últimas medidas del Gobierno italiano, meter en las calles de varias ciudades a cerca de 3000 soldados para aumentar la seguridad ante tantos inmigrantes. Los oyentes protestaban ante lo que consideraban era una medida fascista y proponían medidas que pasaban por la integración en la sociedad italiana. El tipo reflejado en espejo bramó: “¡Ya están otra vez esos rojos, con sus tonterías!”. Apagó la radio de un golpe y encendió la televisión, se sintió mas calmado.

Tras acabar de asearse entró en el vestidor y eligió un traje de marca que moldearía su figura, o eso creía él, y se puso unos zapatos con alza que le ayudarían a superar su complejo. Bajó las escaleras que llevaban desde su dormitorio hacia un salón donde repasar la prensa antes de ir a trabajar.

Mientras leía alguien llamó a la puerta y entró una muchacha con un suculento desayuno en una bandeja que dejó junto los periódicos. “Señor Berlusconi su desayuno está listo”. Y salió sin que se diera cuenta.

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